Del corte al empaquetado

7 min

Cortar el racimo no es el final: es el principio de un viaje. Lo que separa a un buen plátano de uno estropeado se decide en las horas siguientes, en el almacén. Los racimos llegan protegidos con mantas para evitar rozaduras, y entonces se desmanilla: se separan del tallo las manos —de quince a veinticinco plátanos cada una— con cuidado de no dañar la piel. Pasan por el tren de lavado y llegan al control de calidad, donde se pesan, se miden y se clasifican según la norma europea en tres categorías —Extra, Primera y Segunda—; la Extra es la más exigente y apenas admite una leve marca superficial.

El empaquetado del plátano

Cada caja se monta con un orden casi de relojería, para que la fruta viaje apretada pero sin magullarse. Ese gesto cambió con el tiempo: de los grandes huacales de madera de principios del siglo XX al «paquete canario» envuelto en colchonetas de papel, hasta las cajas de cartón y los contenedores refrigerados de hoy. Pero detrás de cada caja, en cualquier época, hay manos —muchas de ellas de mujeres del municipio— y un saber colectivo que rara vez aparece en la etiqueta del supermercado.

Galería de imágenes